Un mundo bis

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La mayor libertad de mi infancia consistía, cada tanto, en alzar un barrilete. Por él conseguía zafar del mundo de abajo. Un desangelado paisaje en emergencia al que los frigorificos Swift y Armour  envolvían noche y día  con pestilencias varias. No lo sabía, pero en ese barrilete yo encontraba alguna rústica insinuación de lo que hoy llaman realidad virtual.

Tambien la había, para mi niñez, en Verne y Salgari, en el granizo nocturno tronando sobre el techo de chapas de zinc, en  los fantasmas furtivos y sobre todo en el cine. En especial, el del lunes, cuando también una parte del precio era virtual: cobraban  la mitad. Y era virtual, además, todo aquello que con imaginármelo proseguía su encantamiento posándose en mi mano.

Medio siglo más tarde mi magra libertad resulta de elevarme, cada tanto, en uno de estos "barriletes" interactivos que provee la computadora Cambiaron las distancias, los tamaños, el tacto. La esencia no. Un dócil "ratón" me lleva a Saturno, a perder con Kasparov o a dirigir Sibelius. Pulso, luego soy.  O pulso y estoy del otro lado de mi.

Desarrollado que hube la seducción premeditada de este prólogo, pregunto: ¿No será ésta la fórmula para calmar en parte la angustia del mundo? Sugiero una piadosa prueba piloto: distribuir realidad virtual en geriátricos, plazas, bares y en todo lugar donde se detecten gruesas fugas de melancolía. Que allí donde ni televisión ni  fútbol ni anuncios sociales deslumbren y mejoren el ánimo, se habiliten enseguida puestos móviles de realidad virtual.

No es propuesta a desechar y el artilugio existe. Pero claro, no es la primera vez que un buen invento termina acrecentando la banalidad per cápita.. Sobran ejemplos. Cafés en donde por un peso se puede tener una parabellum en la mano y perforar al prójimo con varios tiros láser sin por ello quedar con culpa o fuera de la ley. La muchachada delira por entrar y darle al dedo. El deseo de desfogarse es altísimo.

Pero ¿con tan poca imaginación? ¿No hay  guiones virtuales más atractivos para estimular la adrenalina púber? ¿Digamos, guiones que ofrezcan un atracón de besos láser con la Kidman, bailar con Sharon Stone, volar en ala delta o dormir la siesta en Marte?. No, pues ni la ternura ni la ilusión cotizan en bolsa. Los balazos, sí. Ocupan la entera mitología de hoy. Con ellos los mercaderes pueden  controlar la fragilidad del lobo  interior. Y si el temido animal crece hasta un tamaño, digamos generacional, ya se sabe, hay que matarlo.  Antes con una guerra mundial. Ahora, con pistolitas de  láser. A un peso el prójimo.

De estupefacto, laborioso, lúdico, el hombre muta a periférico. Tras siglos de cautiverio, el máximo obsequio de los dioses es dejarlo abandonado, trémulo y autista, al costado de si mismo. A la vera de su ex persona. Ya no actúa según razón, emoción o fe. Con su yo desprendido del cuerpo y la identidad desfigurada, su destino pende del errático humor de la técnica. Es hombre-reloj, hombre-automóvil, hombre-tevé. Adopta como modo  de vida la función del último aparato que llegó a la góndola. Ahora tiene a Dios mas cerca. Le basta tocar un botón.

Toda esta parafernalia recorre el siglo desde aquel barrilete al zapping o al mouse de hoy. Y en este desarrollo de magias virtuales uno pasa la vida. Cada uno a su manera, “a lo chico” Un día, harto de no dar pie con bola, el hombre la hará “a lo grande”: se mandará a mudar de lo real. Pegará el gran portazo. No dirá "paren el mundo, que quiero bajar". Directamente fabricará un mundo bis de reemplazo. Virtual, pero vivible.

Algunos lo hemos empezado a hacer. Sobre todo de noche. Tras el baño ritual vamos desnudos a echarnos sobre la inmensa cama blanca de Internet. Será virtual pero te da sorpresas. Tanto, que la otra noche, bajo la osa polar o la Cruz del Sur, no se (el ciberespacio no es astronómico) divisé a mi antigua obsesión Natasha Kinsky. Fue un instante y me miró. Desapareció tras una arroba, un punto com, un no se. Pero vi sus ojos. El resto ya se sabe por los diarios. No fue por una bala de láser. Por esa mirada fue. Por esa.

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Ponga su comentario comment Comentarios (1 Publicado)

  • Posteado por Ana del Río, 01 Febrero, 2009 16:08:19
    Interesante sería también saber por qué ese mediático matar produce tanta adicción. Dicen que cuando se mata una vez (en lo real) ya no se puede dejar de hacerlo, imagino, porque una de las barreras prohibidas se ha roto, ergo, el resto quedará ya por sentado... ¿Pero qué satisfacción puede darle a un niño (y a un adulto) matar mediante una pantalla, sabiendo que a cuantos más asesine, mejor persona será...? La habilidad radicaría en el manejo y la velocidad de las manos en concordancia con el cerebro, amén de las trampas virtuales que uno se vaya enterando para poder ganar más puntos y más muertes en su haber. Porque toda máquina también tiene sus debilidades, y el humano, siempre ha sido muy hábil para detectarlas en todo tipo de ámbitos. Es excelente el discurso poético y analógico que hiciste. Por mi parte, me quedo enredada en ese barrilete de sueños por encima de todo mundo ya hecho o por construir, beso, Ana C.
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